Requiem for Rome

Titus Vs. Cristianos

Titus llegó a su agujero exhausto. No podía dejar de darle vueltas a todo lo sucedido los últimos días. El agotamiento llegó repentinamente a su no ser, apoderándose de su maldita alma. La gran decepción que fue que Julia, a la que todos respetaban y seguían ciegamente, les traicionase, resultó un duro golpe, y la rápida resolución con la que solventaron el problema le abrumó. ¿Qué sería lo siguiente? “Estamos siendo guiados por los Dioses”, se decía mientras el Sol, en el inhóspito exterior, hacía su aparición. “Sus manos manejan los hilos del destino, nosotros no somos más que los personajes de un teatrillo de sombras”.
Al llegar la noche decidí salir a dar un paseo, necesitaba recuperar un poco de la vitalidad perdida. Me di un paseo por lo bajos fondos de la ciudad, a ver si encontraba a algún perro cristiano con el que alimentarme. Ya se había convertido en una costumbre. Son seres inferiores, lo único que se le puede ofrecer con dignidad es una muerte divina, consumidos por el éxtasis.
-¡OH Dios, sálvame de las garras de este demonio! Castígale en las llamas eternas. Jesús nuestro salvador, muéstrame el camino al paraíso, acógeme en el cielo como tu hermano.
- He vivido las suficientes vidas como para poder afirmar que ese Cielo del que habláis, no existe. Hades ya se ha apoderado del olimpo y campa a sus anchas entre nosotros. Nuestros Dioses no nos abandonarán, pero el vuestro os engaña diciéndoos que os salvareis. Estamos ya en el infierno. Para demostrártelo, arderé y te mostraré la verdad. Mis Dioses me acompañan.

Entonces, prendí mis ropajes con la antorcha que se le había caído al cristiano. Ardieron y ardí. Le abracé y, con la cara en llamas, comencé a beber del maná maldito, entre gritos y súplicas que pronto se transformaron en sollozos placenteros. Por supuesto, dejó de rezar. Mis Dioses le poseyeron a través de mi boca. No había otra opción para los infieles.
Mientras todo esto sucedía, percibí una sombra en la oscuridad. Sentía cómo alguien me observaba, alguien familiar, que desde la distancia me observaba con temor. Podía olerlo. Esa infeliz niña que sigue buscando creyendo que algún día hallará LA RESPUESTA, EL PERDÓN. Me destroza por dentro el haberla perdido, su desviación que, tarde o temprano, destruiría a nuestra familia.

Tardé unos días en recuperarme de mis quemaduras. Cuando entro en éxtasis, ni las llamas pueden contenerme. Estoy protegido por los Dioses, estoy tocado por ellos. Soy el elegido, el único que puede organizar un ejército para acabar con los cristianos, el único iluminado que puede mostrar la verdad. No podré dejar de recordad aquella visión. Roma ardía. Y en las llamas, se podían ver las caras de las almas atrapadas en ellas, ardiendo infinitamente. Atrapados por la destrucción y el caos que los seguidores de la cruz sembrarán. Pueden llamarme loco, pero yo estoy en contacto con la realidad que trasciende. El mundo está ciego y necesita unos ojos.

Largos meses dediqué a encontrar la localización de aquel ser al que llamaban mesías. Algo en mi interior me decía que no era los que sus seguidores creen que es. Algo me decía que estaba más muerto que vivo, que era más animal que humano y que, a pesar de estar muerto, seguía vivo.
Recopilé unos cuantos escritos que hablaban de ese tal Jesús, me encerré en la biblioteca con el fin de hallar una respuesta, una pista, algo que pudiese indicarme su punto débil. Tal vez, si les mostrase cuán equivocados se hallaban, si acabase con él como se acaba con uno de los nuestros, tal vez, podría evitar todo ese espectáculo grotesco que el oráculo me mostró.

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