Requiem for Rome

Sangre que no sacia, pero alimenta mi esperanza

Viva en mi propia mortaja.

La noche me ha regalado un neblinoso manto que me oculta de la luz de la luna. Siniestros son los senderos que surco, pues mi destino no deseo mostrar a conocidos ni extraños. Intensos e inquietantes han sido estos meses y apenas he tenido tiempo de reflexionar sobre lo que estoy viviendo.

Mi vida ha cambiado desde que conocí a Epraxus. Aunque enigmático y reservado, me ha ayudado a formarme para entrar en el culto de los augures de Cibeles. He pasado de estar acompañado de prostitutas y hombres embrutecidos sin motivación a rodearme de personas cuyas inquietudes están altamente relacionadas con su estatus social. Al principio participar de los muchos recursos de mi culto me maravillaba, me hacía pensar que otro modo de vida era posible y mis pensamientos de esperanza me arropaban mientras dormía. No sé exactamente cuándo ocurrió, pero al cabo de unas cuantas fiestas el velo que cubría esas celebraciones cayó y la cruda realidad me fue mostrada. Políticos corruptos, mercadeando con la fe para conseguir mantener su posición o adquirir mayor poder. Ególatras haciendo abuso de su opulencia para marcar su territorio y provocar la envidia de sus detractores. Abusos a esclavos sin reparo alguno en sus sentimientos o deseos, en ocasiones provocando incluso su muerte. Un majestuoso árbol centenario de corteza gruesa y dura como el acero, pero repleto de carcoma y gusanos en su interior. El mundo al que pertenecía era inversamente proporcional al que ahora frecuentaba, miserable en su exterior, repleto de peligros y crueldad, pero algunas personas brillaban en su interior por su coraje, sensibilidad o altruismo. Es más sencillo divisar una perla en un mar de lodo y estiércol que hacerlo entre una montaña de baratas falsificaciones. Me consolaba encontrar alguna persona convencida de su causa, pese a tener conciencia de la situación en la que Roma se encuentra actualmente.

Durante un par de meses mi formación requirió de todo mi tiempo, apartándome de actos sociales. Me vino realmente bien centrarme en la religión y el ceremonioso ritual de la visión del futuro. Por primera vez en mucho tiempo me sentía en armonía conmigo misma y con el cosmos. Aprendí a observar el vuelo de las aves e interpretar sus mensajes. Me inicié en la práctica de sacrificios de animales para poder desentrañar los misterios del futuro que se adentraban en su interior.

Encontraba excitante y revelador la doctrina que estaba aprendiendo, pero mi interior se manifestaba inquieto y confuso. La primera vez que visité el ritual cristiano me produjo curiosidad. Su misericordia, el perdón de los pecados, la purificación del alma y la redención espiritual me aportaban algo que la religión pagana no me podía dar. Solamente contemplar esa posibilidad me llenaba de esperanza, y provocaba en mí un deseo irrefrenable de continuar aprendiendo más de sus rituales y dogmas.

Acudí por mi cuenta a varias celebraciones, oculta entre la multitud, como una feligresa más. Rehuía participar en los rituales activamente, pero observaba cada detalle con mucha atención. Las palabras del profeta llegaban tan claras que mi apagado corazón parecía latir.

Fue en la tercera visita cuando me lo encontré. Mi sobresalto fue tan elocuente como el suyo, y ambos nos esquivamos hasta el final de la homilía. Epraxus se me acercó sigiloso y me invitó a acompañarme fuera de los dominios de los seguidores de Cristo. Entonces me preguntó lo mismo que deseaba preguntarle yo a él. ¿Qué haces aquí? A lo que yo le respondí con honestidad, pero no con completa sinceridad. “Me encuentro aquí porque tengo curiosidad por entender los paradigmas de la religión cristiana. Creo que nos serán de utilidad en el futuro”. Él asintió con vehemencia. En sus ojos pude hallar el mismo brillo que constataba que sus intenciones y las mías eran más afines de lo que ambos queríamos reconocer. Jamás nos lo hemos reconocido abiertamente pero, ahora cuando vamos juntos, disertamos a cerca de los mensajes y conclusiones que nos producía la palabra de Dios. Cada sermón que escuchábamos era diseccionado y analizado interpretando hasta el más mínimo detalle. En ocasiones acudíamos a la mofa para trivializar afirmaciones tan categóricas que removían nuestras entrañas como el viento mueve las hojas caídas en una tarde de otoño.

Vergilius Ambustus me solicitó que le acompañara, pues él también sentía curiosidad. Decidí mantener al margen a Epraxus. La alergia de Virgilius por la pomposidad romana le hacía sentirse muy incómodo a su lado, y a mi amante tampoco le hacía muy feliz compartir sus escapadas con nadie más que no fuera yo, la discreción era vital para mantener mi relación intacta.

Así me encuentro ahora, serpenteando en la oscuridad como un susurro en la tormenta, no para cazar, pero sí para alimentar mis oídos de esperanza

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JaviAguilar

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